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Mexicali, Baja California, Mexico
Historiador por la Universidad de Guadalajara y El Colegio de Michoacán, con un breve momento oscuro en El Colegio de la Frontera Norte. Nacido en Durango, criado y creado entre Ensenada, Ameca y Guadalajara, y ahora radico en Mexicali: es decir un jalisquillo fronterizo de origen duranguense, pero no bailo pasito duranguense (mucho menos tribal).

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Miguel León-Portilla, Independencia, Reforma, Revolución ¿y los indios qué?, ciudad de México, Conaculta / UNAM, 2011. [¿Me atreveré? Sigo sin atreverme, lo más probable que sea un mal rato...]

miércoles, 18 de mayo de 2005

El desarrollo regional y la organización del espacio, siglos XVI al XX.

Reseña de la obra de Bernardo García Martínez, El desarrollo regional y la organización del espacio, siglos XVI al XX, colección “Historia Económica de México, número 8, Ciudad de México, Universidad Nacional Autónoma de México / Editorial Océano, 2004.

Tomando en cuenta que es fundamental poder contar con textos académicos orientados a la difusión del estado de la cuestión de temas como la historia económica de nuestro país, es sumamente interesante poder contar con la colección coordinada por Enrique Semo, de la cual se inscribe la obra de Bernardo García Martínez. Así, en la Presentación, aunque no en el texto propiamente dicho, se establece que el objetivo es “sintetizar los resultados de infinidad de investigaciones particulares especializadas y ofrecer al lector una visión coherente de conjunto, basada en el conocimiento actual de los temas abordados. Esperamos que todos los interesados en la historia económica, pero especialmente los estudiantes de economía e historia, encuentren en ella tanto una obra de consulta como un marco de referencia y una fuente de inspiración teórica para nuevos estudios” (p. 8)

El libro El desarrollo regional y la organización del espacio, siglos XVI al XX, está integrado por cuatro grandes apartados: “Los cimientos del espacio mexicano”; “Paisajes, regiones y un nuevo mundo en la geografía colonial”; “Continuidad, transformaciones, y más continuidad”, y “La geografía del presente”. Como se puede apreciar no hay una introducción, ni conclusiones, de ahí que para esta reseña se optara por consignar la cita de Semo, como el objetivo de la obra. Otro aspecto que también es de indicar, ya que salta a la vista, es que la obra no cuenta con ninguna ilustración de ningún tipo, y considerando que su público objetivo es el estudiantado medio superior y superior, asumir que se podrán ubicar imaginariamente en el espacio “mexicano”, pues resulta aventurado, aunque no debemos descartar una cuestión de tipo editorial para el no uso de gráficos y mapas.

Aunque el autor señala al inicio de su libro que “hay que sacudirse cualquier imagen de un país configurado nítidamente por fronteras u otros contornos, en especial si se trata de uno que a lo largo de su historia ha tenido diferentes fronteras o de un espacio que ha sido compartidos por diferentes países” (p. 13), esto no se percibe en el desarrollo del libro, ya que las regiones que componen o han compuesto a la nación mexicana o al estado colonial novohispano, son definidas con cierta claridad hasta las últimas diez páginas (pp. 98-107), que García Martínez presenta como “un breve examen de cada uno de los grandes componentes de la geografía del país” (p. 97), que serían: “México Central”, “Vertiente del Golfo”, “Vertiente del Pacífico”, “Vertiente del Norte” (con los sectores noreste, centro y noroeste), y “Cadenas Caribeña y Centroamericana”, estas últimas las menos claras a las regiones a las que se refiere, que por cierto, todo indica, que su propuesta de regionalización está amarrada a las delimitaciones político-administrativas estatales.

Pero también resulta sorprendente constatar que se establezca un discurso fuertemente amarrado al centralismo, sin poder reconocer que las regiones pudieron negociar sus articulaciones con el centro colonial y nacional, respectivamente, todo parecería un destino manifiesto del centro por serlo: “En todo caso, hay una clara continuidad desde el siglo II hasta el presente en el hecho de que una pequeña región, la cuenca de México, albergue la capital o punto central de un amplio sistema espacial” (p. 16).

Indudablemente, durante los siglos XVI al XX, el centro político ha tomado medidas y decisiones desde su realidad, menospreciando a las regiones, sobre todo las más alejadas del “México Central”, pero negar la posibilidad de que estas regiones pudieron desarrollar estrategias propias, sin llegar a la confrontación, es negar el devenir histórico regional mexicano, por ejemplo, cuando señala que el crecimiento moderno de las ciudades bajacalifornianas “no ha sido tanto consecuencia de la evolución de Baja California cuanto del espectacular crecimiento de la California norteamericana” (pp. 102-103). Es inconcebible que la región Baja California-California pueda ser analizada separándola, que una parte sea mexicana y la otra estadounidense, que no norteamericana, que ambas lo serían, es una circunstancia histórica y política, pero para el análisis del desarrollo histórico regional de las actuales regiones mexicanas, se debe tomar en cuenta estas circunstancias que no son particularidades extremas, sino interacciones regionales que van, para el caso de las Californias, desde fines del XVII hasta principios del XXI.

Pero esta perspectiva de ver la historia de las regiones novohispanas y mexicanas desde el centro del país, solo lleva a que el autor desdibuje los espacios más alejados de ese centro ideológico y político, y reitero que no es que se quiera negar las claras tendencias centralizadoras de los diversos gobiernos virreinales y nacionales desde el siglo XVI al XX, y que todos estuvieron asentados en la Ciudad de México, pero si la intención de la obra es “ofrecer al lector una visión coherente de conjunto, basada en el conocimiento actual de los temas abordados”, me resulta desalentador como especialista y docente no ver reflejada la larga tradición académica mexicana, y no hablemos de la estadounidense con autores como Eric Van Young, de reflexión sobre el devenir histórico de las diversas regiones que han integrado o integran a la república mexicana.

En cuanto a las cuestiones metodológicas y conceptuales es de rescatar sus aportaciones sobre los términos de “paisaje” (p. 35), o “región” (pp. 41-43), aunque este último es presentado de manera abrupta dentro del apartado “Paisajes, regiones y un nuevo mundo en la geografía colonial” (pp. 35-56): “Pero conviene que antes de seguir adelante hagamos una muy breve reflexión sobre un concepto que es de capital importancia en el análisis histórico y geográfico: el de región” (p. 41) Indudablemente esta obra es de consulta, pero por desgracia es una excelente introducción a la obra de Bernardo García Martínez, aunque no necesariamente los estudiantes “encuentren en ella tanto una obra de consulta como un marco de referencia y una fuente de inspiración teórica para nuevos estudios”, ya que para eso tendrían que consultar las múltiples obras citadas por el autor, ya que como señala en la nota 1: “Este pequeño libro resume porciones de un amplio estudio de geografía histórica que aparecerá con el título de La construcción del espacio mexicano. Por otra parte, recoge y entremezcla ideas, interpretaciones, planteamientos y párrafos de una docena de estudios que he publicado con anterioridad, algunos especializados y otros de carácter general. El lector encontrará las referencias correspondientes a lo largo del texto” (p. 11)

Así, esta obra es una magnífica introducción a la producción académica del autor, que en mucho ayudaría a estudiantes que tuvieran como objetivo el estudio y análisis de las aportaciones a la geografía histórica sobre México realizadas por Bernardo García Martínez, entre 1974 y 2004, pero realmente no ayuda a comprender El desarrollo regional y la organización del espacio, siglos XVI al XX de lo que hoy conocemos como los Estados Unidos Mexicanos, aunque tal vez peco de excesiva expectativa de que la obra pudiera cubrir muchas de las debilidades de los estudios regionales y de la historia regional, pero existen demasiado lugares comunes que solo vienen a confirmar una actitud centralista que lleva a una explicación tautológica: “En el caso que nos ocupa tomamos la ciudad de México como punto de partida para el análisis geográfico e histórico que vamos a iniciar porque es el elemento articulador por excelencia del espacio asociado a ella, […] La geografía y la historia de México son la geografía y la historia de un conjunto de espacios y sistemas definidos y condicionados por ese centro tan relevante y tan dominante. Ningún otro principio puede ofrecer mejor posición para entender un conjunto que acepta semejante definición” (pp. 13-14)

Las regiones son construcciones metodológicas, pero sobre todo hipótesis a demostrar, que deben estar construidas con base en el conocimiento de su geografía física, natural y humana, con apoyo de la reconstrucción histórica de las sociedades humanas que las habitaron y poblaron, más allá de los centros evidentes o las divisiones político-administrativas actuales, ya fueran nacionales o internacionales, y considero que precisamente es en las fronteras (disciplinarias, históricas, de imaginarios, y políticas) desde donde se puede comprender mejor el devenir histórico, sociocultural y político de nuestro pasado y nuestra actualidad.

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