Acerca de mí

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Mexicali, Baja California, Mexico
Historiador por la Universidad de Guadalajara y El Colegio de Michoacán, con un breve momento oscuro en El Colegio de la Frontera Norte. Nacido en Durango, criado y creado entre Ensenada, Ameca y Guadalajara, y ahora radico en Mexicali: es decir un jalisquillo fronterizo de origen duranguense, pero no bailo pasito duranguense (mucho menos tribal).

Lo que leo

Miguel León-Portilla, Independencia, Reforma, Revolución ¿y los indios qué?, ciudad de México, Conaculta / UNAM, 2011. [¿Me atreveré? Sigo sin atreverme, lo más probable que sea un mal rato...]

jueves, 9 de diciembre de 2010

Mi otro hijo...


Después de cerca de un año y medio, ya tengo frente a mis ojos el ejemplar impreso de Indios, soldados y rancheros. Poblamiento, memoria e identidades en el área central de las Californias, 1769-1870, bajo el sello editorial del Instituto Sudcaliforniano de Cultura y El Colegio de Michoacán, 2010, y si son 732 páginas..., y como preámbulo reproduzco el texto que aparece en la contraportada... Espero pronto iniciar las presentaciones de este otro hijo de mis entrañas por las tierras bajacalifornianas para que sea presentado en sociedad...

Mario Alberto Magaña reconstruye el pasado común del área central de las Californias que comprendía el actual estado mexicano de Baja California hasta San Fernando de Velicatá y la mitad sur del actual condado de San Diego en EUA. Al combinar con éxito la demografía con los estudios sociales y culturales, el autor logra recrear una región a través del seguimiento de los diferentes grupos humanos que la componían y de sus respectivas identidades históricas.

El poblamiento del área central de las Californias que atraviesa ahora la frontera internacional se debió no sólo a las misiones sino también a la llegada de rancheros en proveniencia del sur de la península y de Sinaloa y Sonora, así como de la Alta California una vez concluido el “boom” del oro a mediados del siglo XIX. En ese proceso los indios que eran mayoritarios jugaron un papel esencial.

1769-1870 corresponde a un “periodo colonial largo” en el que se sufren pocos cambios en el proceso de poblamiento, más allá del progresivo decaimiento de las misiones dominicas y de la creciente impronta de los soldados implantados en ellas que fueron junto con los misioneros los primeros colonos hispanos. Mario Alberto Magaña critica el discurso apologético acerca de las misiones que en buena medida tuvieron que adaptarse al tipo de vida tradicional de los indios y restituye la importancia de los rancheros en la colonización del territorio. La oposición inicial entre misioneros, indios y no indios se diluyó en el siglo XIX para dar paso a una identidad frontereña que compartían los indígenas transculturados y los antiguos soldados misionales, quienes se distinguían de los recién llegados y de los indios gentiles de la zona oriental.

En 1870 inicia la llegada masiva de pobladores atraídos por el descubrimiento del Real del Castillo que modificó profundamente la vida del área central de las Californias, en la que tanto rancheros como indios pasaría a ser grupos minoritarios.

Este libro basado en una acuciosa investigación de archivo e ilustrados con bellas fotografías y mapas evocadores marcará sin duda la historiografía regional que Mario Alberto Magaña Mancillas enmarca en el devenir histórico de todo el noroeste mexicano y suroeste norteamericano. Hacía falta cubrir ese periodo y salir de los estrechos márgenes de la historia estatal. El autor lo hizo con maestría.

Chantal Cramaussel

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Vivir en un país tercermundista y en decadencia


Recuerdo mucho como en mi niñez y juventud (nací en 1963) todo ese discurso echeverrista del Tercer mundo, como una forma de reinvidicación de los países que luego se autodenominaron "en vías de desarrollo", como si ese acto mágico de nombrar cosas fuera la solución de la situación nacional y de los tercermundistas. Poco a poco, se fue estableciendo la idea del desarrollismo y quedó en medio del olvido el tercermundismo. Sin embargo, el término permanece como una descripción despectiva de aquellos países que no más no han podido desarrollarse, como dijera Ernesto Lemoine Villicaña respecto a los indígenas de la Baja California, por que no quisieron, no pudieron o no los dejaron... En estos meses que he tenido que vivir el México superficial, el del aparato gubernamental, el que dicen los funcionarios como Blake Mora que si funciona o que esperan que funcione a discursazos, me ha empezado a circular una idea: la de pedir mi residencia en Estados Unidos y así trabajar aquí y vivir en Calexico, como dijera un amigo que a cabo de conocer: por la calidad de vida...

Ayer presencié ese México superficial al solicitar mi credencial del IFE, llegué a las 7:00 am, ya que no había podido acceder a la página o al 1-800 del IFE, me formé como en los viejos-nuevos tiempos preguntándo cuál era el último y por tanto de quién seguía, y ahí esperé platicando con dos señoras mayores, una de ellas muy abrigada pero con alpargatas o chanclas... A las 8:00 empezaron a llegar los empleados con cara de desvelados o de plano crudos, uno con la camisa toda arrugada... Se suponía que es un módulo 8 a 8, pero para las 8:20 apareció la que da las fichas (cartoncitos con número y un sin número de grapas de su reutilización al infinito), con unos papelitos donde debíamos poner una serie de datos y si no te los sabías, pues que mejor regresaras después...

Cómo es posible que para que sientas que existes debes convertirte en un minidéspota y autoritario? Y así, con ese microscópico gramo de poder, los empleados trataron a los solicitantes según su propia carga de racismo, clasisimo y prejuicios. Todos mentíamos mientras no demostráramos lo contrario. Pero no apareciera alguien de traje, incluso de los de marcas chafas, porque la diligencia era notoria... Surgía ese México tercermundista siempre dispuesto a la sumisión y al repliegue... Así siguió me aventura por el México superficial, el de la tramitología en oficinas sucias, inadecuadas, saturadas y desorganizadas. Con empleados desayunando un refresco con papitas o un pan comercial, con un descuido de su apariencia y de su lugar de trabajo, con funcionarios con estacionamiento exclusivo que ingresan por puertas especiales y nunca bajan a ver sus caballerisas, reportando eficiencia, puntualidad y trato sin igual, mandando discursos para que los de arriba manden a su vez más discursos, y luego gente como Blake Mora diga que todo funciona, que todo está bien, que es cuestión de percepción...

Para las 11:00 me dieron un papelito para que después del 3 de enero fuera a ver si ya estaba mi credencial, pero lo más probable es que después de la fecha que me daba, en realidad tardaba otro mes en llegar... Así salí del módulo del IFE, uno de los aparatos electorales más caros del mundo, con una hojita fotocopiada y una media sonrisa (debido a que al preguntar mi escolaridad dije doctorado y les preocupé)... Afuera seguía la gente llegando y llegando, y la muchacha de las fichas emponderada con mirada despectiva respondía preguntas, con movimientos de cabeza de pobres ignorantes, al tiempo que custodiaba con celo sus fichas de cartón y pintadas con plumón, engrapadas a sus formitas, que en realidad los capturistas veían cuando mucho dos segundos...